jueves, 25 de junio de 2015

Llegó el momento

Ya habíamos pasado por todas las pruebas pertienentes, análisis de sangre, seminograma, citología, histerosalpingografía... y ahora sólo nos quedaba esperar a que nos dijeran cuál iba a ser el siguiente paso. A finales de marzo fuimos otra vez a consulta y nuestra médico nos informó de que íbamos a intentarlo a través de inseminaciones artificiales. 

Hasta aquel día ninguno de los dos sabíamos demasiado del tema, pero nos explicaron más o menos en qué consistía y nos dijeron que era una de las técnicas de reproducción asistida más sencilla, y también la más antigua (aquí os dejo un link que explica cómo la inseminación artificial se remonta al siglo XV. Surgió, según las crónicas de algunos historiadores, para solucionar los problemillas sexuales de Enrique IV de Castilla, conocido como "El Impotente" http://www.revistaentremedicos.com/articulo.php?id=190&desc=%BFLA+PRIMERA+INSEMINACION+ARTIFICIAL+DE+LA+HISTORIA%3F).






La inseminación artificial intrauterina consiste en depositar los espermatozoides de la pareja (o de un donante) directamente en el útero de la mujer. Se hace a través de un catéter y previamente el hombre deberá entregar una muestra de semen, el mismo día de la inseminación. En un laboratorio, seleccionan a los mejores espermatozoides de la muestra, los que se mueven de forma progresiva (en línea recta) y que no tienen anomalías, los separan del líquido seminal y los someten a una técnica de capacitación que los hace, por así decirlo, más aptos. Obviamente la técnica tiene su aquel y yo lo he explicado de una forma muy sencilla y resumida. Espero que los especialistas que me lean me perdonen.

Lo bueno de la inseminación artificial, al menos hasta donde yo entiendo, es que facilita mucho el camino a los espermatozoides. Los dejan directamente en el útero, es decir, mucho más cerca de las trompas de falopio, y por tanto del óvulo, que en una relación sexual normal. Eso hace que tengan que recorrer menos camino y se garantice su llegada al objetivo. Además, se ahorran el viaje a través de la vagina, una escalada nada sencilla para ellos y muchas veces dificultada porque el flujo de la mujer quizá no es el más adecuado y no permite a los espermatozoides llegar ni tan siquiera al útero.

Visto así todo parecía muy fácil y sencillo, pero no lo iba a ser tanto. Para empezar, antes del momento de la inseminación el cuerpo de la mujer tiene que estar perfectamente preparado y el momento de la ovulación debe programarse al milímetro. No iba a servir de nada poner los "bichitos" en mi útero si luego resulta que no hay óvulos esperando. Y ahí entran en juego las hormonas, todo un abanico de medicamentos de lo más variopinto que iba a tener que meterme al cuerpo para garantizar que uno o dos óvulos esperaban a los espermatozoides.

Me dieron una lista interminable de cosas que comprar en la farmacia y me entraron un bajón y una preocupación considerables. ¿Por qué tenía que someterme a todo eso si mis resultados habían dado bien? ¿Si ovulaba puntual como un reloj todos los meses qué necesidad había de hormonarme? Pues sí chicas, es condición sine qua non, no hay forma de librarse y no queda más remedio que pasar por el aro. Para garantizar el positivo con esta técnica es deseable que haya más de un óvulo, y para eso, hay que recurrir a las hormonas y ponerse en manos de la ciencia médica. Y aún así, aún teniendo dos óvulos de media listos para ser fecundados, nadie te garantiza el embarazo. La tasa de éxito, de hecho, es de algo así como un 18-20% en cada intento.

Resignada ante lo inevitable fui a la farmacia de mi barrio y encargué todo lo que me habían recetado. Volví a casa todavía más preocupada al constatar el volumen de mi arsenal farmacológico. La verdad es que daba miedito.






No podía dejar de mirar todas aquellas cajas con nombres rarísimos. Folitropina alfa, lutropina alfa, progesterona, cetrorelix... Intentando quitarle hierro a la situación, hice una foto al cargamento (la que acabáis de ver) y se la mandé a una de mis mejores amigas. Lógicamente, ella también se quedó sorprendida ante semejante botiquín hormonal, pero me ayudó a verle la parte cómica y sobre todo, la positiva. Todo era por una buena causa, esa debía ser mi mentalidad. Obviamente eso es algo que todas nosotras sabemos, pero a veces no está de más que alguien, desde fuera, nos lo recuerde.

Mientras miraba todos aquellos medicamentos que me iban a acompañar en las próximas semanas, o quizá meses, intenté concentrarme en mi objetivo, mi sueño en el último año. Y pensé que rendirme, cuando no había hecho más que empezar, no tenía sentido. Porque, quién sabe, el milagro siempre puede estar esperando a la vuelta de esquina.



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