Una cosa que no os he contado en este casi medio año de vida de mi blog es que soy migrañosa. Tengo migrañas desde los 13 años y, si bien es verdad que me he acostumbrado a vivir con ellas, no puedo evitar que el pánico me invada cada vez que noto que me viene una crisis.
Seguramente habréis oído más de una vez hablar de las migrañas, pero si no las sufrís o tenéis a alguien cercano que las sufra, probablemente penséis que se trata simplemente de un dolor de cabeza fuerte. Nada más lejos. Una migraña es una enfermedad crónica que te puede anular durante horas, días e incluso semanas dependiendo de cada persona. De hecho, la Organización Mundial de la Salud la reconoce como una de las 20 enfermedades más incapacitantes que existen. Una migraña no se pasa con un analgésico, y va mucho más allá de un simple dolor de cabeza.
Los que las padecemos sabemos cuándo vamos a tener una migraña porque, normalmente, avisa. Muy maja ella, es lo único bueno que tiene. Hay gente que lo detecta porque empieza a notar un leve dolor de cabeza que va aumentando poco a poco. Otros, como es mi caso, lo sabemos porque tenemos una alteración de la visión que los médicos denominan el aura. Este fenómeno hace que veamos lucecitas, destellos, que tengamos visión partida... Yo siempre digo que cuando empiezo a ver raro, es que viene mi amiga la migraña.
Una vez que el aviso llega, bien sea en forma de dolor de cabeza o de aura, lo mejor es medicarse cuanto antes, atajarlo, de lo contrario, el dolor de cabeza podrá aumentar todo lo que quiera y estaremos perdidos. Según los neurólogos, el plazo para medicarse es de unos 10 minutos, pero cuanto antes se haga, mejor. Yo siempre llevo conmigo mi medicación y en cuanto lo noto, esté donde esté, me pincho. Sí amig@s, yo ya era una experta en pinchazos antes de descubrir la infertilidad.
Hay medicación en pastillas e incluso de inhalar también, pero yo me la tengo que inyectar porque si no, no me vale de nada. ¿Que por qué? Pues porque, como os decía antes, una migraña es mucho más que un dolor de cabeza. Una vez que empieza ese característico dolor en la nuca que avanza hasta una de las dos sienes y a veces alcanza a ambas, empieza lo realmente horrible. En mi caso viene acompañado de fotofobia (tengo que estar a oscuras), intolerancia al más mínimo ruido (un susurro me taladra el cerebro), se me duerme una mitad del cuerpo (la mitad contraria al lado donde tengo el dolor de cabeza), y el peor de los síntomas: los vómitos. Por eso me tengo que inyectar la medicación, para no vomitarla. Porque da igual si tengo o no algo en el estómago, las naúseas vienen sí o sí. De hecho, es peor cuando me pilla la migraña con el estómago vacío, porque entonces voy al baño cada veinte minutos a morirme de las arcadas y para nada. Y he llegado a estar así, vomitando nada, horas.
Y luego está el tema de la duración. Yo en ese sentido creo que tengo hasta suerte, porque dentro del calvario que son las migrañas, me duran como máximo 24 horas, aunque también las tengo más leves, de 6 horas. Dure lo que dure, ese tiempo hay que pasarlo en la cama, con las persianas y las puertas cerradas. Hay que, literalmente, aislarse del mundo todo lo posible.
Y diréis que por qué os suelto todo este rollo. Bueno pues porque ayer me toco sufrir una de mis migrañas y me dí cuenta de que nunca os había dicho que forman parte de mi vida. Además, es algo que me asusta un poco de cara a un embarazo, porque mis migrañas parecen estar relacionadas con el tema hormonal y si algo se revoluciona durante un embarazo son las hormonas. Pero bueno, tampoco quiero adelantar acontecimientos. Aguantaré lo que tenga que aguantar, como lo he estado haciendo hasta ahora, no me importará si es por ell@s, por H y por B. Por ellos sufriré y lucharé lo que no está escrito.
De momento este fin de semana tocan deberes, porque hoy el test de ovulación ha marcado las dos rayitas claramente, así que debo de estar a punto de caramelo. Es el único test, hasta ahora, que me ha regalado dos rayitas, en vez de una. Algún día veré las dos líneas rosas en el otro test, el que tiene el mango azul en vez de verde, el bueno, el de embarazo. Hasta entonces, me conformaré con la ilusion de saber que, al menos, sigo ovulando y las posibilidades de que ocurra el milagro, aunque remotas, están ahí.
